martes, 5 de diciembre de 2017

Crónica de mi lectura en el diario manchego Lanza



Os dejo aquí la crónica que recoge Lanza. Diario de La Mancha sobre mi lectura anoche en el Aula de Poesía de la Facultad de Letras del campus de Ciudad Real.

http://www.lanzadigital.com/cultura/ariadna-garcia-presento-aula-poesia-las-pequenas-balas-linea-flotacion/


domingo, 3 de diciembre de 2017

Recital en la Universidad de Castilla-La Mancha


Mañana lunes 4 de diciembre ofrezco una lectura de poemas en el Salón de Grados de la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha, que tiene su sede en Ciudad Real. Será a partir de las 18:00. La actividad se enmarca en el ciclo Aula de Poesía. La entrada es libre hasta completar aforo.

Aquí tenéis la convocatoria y un mapa: 
http://eventos.uclm.es/agenda/show_event/15249/aula-de-poesia_-lectura-de-poemas-ariadna-garcia.html

¡Nos vemos!


domingo, 26 de noviembre de 2017

Árbol desnudo




La revista Oculta Lit publica mi reseña del libro Árbol desnudo, de José Cereijo (Renacimiento, 2017). La antología ha sido preparada por el poeta y crítico literario Javier Lostalé.

La tenéis aquí.




jueves, 23 de noviembre de 2017

Oculto sendero



La revista Oculta Lit publica mi reseña del libro inédito -y autobiográfico- de Elena Fortún: Oculto sendero. La obra, escrita en el exilio -lejos de la censura- relata la lucha de una mujer por dedicarse al arte, por conseguir la independencia económica, por tener tener libertad de movimiento para relacionarse con quien quiera, por romper un molde, por reivindicarse a sí misma, por conocerse, por derribar el espejo donde el mundo le decía que tenía que mirarse para sustituirlo por el horizonte de su propia inquietud.

Podéis leerla completa, pinchando aquí.





lunes, 13 de noviembre de 2017

El abrazo contrario

El abrazo contrario, Rafael Saravia. Bartleby, 2017. 80 páginas. 11 euros.


En una entrevista concedida por el poeta Rafael Saravia al Diario de León afirmaba: “No concibo el poema dentro del facilismo verbal que agrede la emoción de lo incomprensible. No creo en la voluntad domesticada del lenguaje plano, jocoso y simple para llegar a más y más ventas. No me interesa el mercado como estratagema de cercanía literaria. Si he de escribir simple y complaciendo para que me lean más, desisto de hacerlo. No escribo para conquistar; escribo para compartir.” Hablaba, entonces, el autor, de su reciente libro de poemas (Carta blanca, Calambur, 2013), pero esa misma estética (hermética y oscura, favocedora de la polisemia) también es perfectamente válida para acercarnos a su última entrega: El abrazo contrario (Bartleby, 2017). Apuntaba Luis Antonio de Villena –a propósito de un libro enorme: Pasión de la Tierra, de Vicente Aleixandre– que los poemarios surreales, irracionales, que tensan el lenguaje para evocarnos emociones, tienen dos posibles lecturas: una relacionada con nuestra necesidad de comprensión (de buscarle un sentido al texto, una ideología, un significado); y otra que descansa en el placer estético que nos producen las imágenes y la musicalidad de los poemas. Como esta última es privada de cada lector, me centraré en la primera. No obstante, afirmo que he disfrutado con sus juegos y símbolos (“Somos remanso y no atajo”… “Ser maíz en tierra de orquídeas”, de Transición).

Rafael Saravia da cuenta en su libro de la precariedad instalada en los hogares (“Cada familia junta las uñas del día y las cuece en lágrimas/para hacer caldos más transparentes”) y premoniza una era de cambios (“Llegan tiempos de osadía./La palabra se empieza a poner el guante de la acción”, de Carta al Norte). No especifica si se refiere a una Revolución general o una rebelión localizada en lugar concreto y dirigida hacia una injusticia seleccionada. Pero lo cierto es que el cambio se ha puesto en marcha (“Los bocados de argumento están naciendo ahora”), la ciudadanía ha despertado a la conciencia de su estatus (“Se sabe esclava de su condición,/y eso ya es mucho pedir”). Jorge Riechmann –en su libro de ensayos ¿Vivir como buenos huérfanos? (Catarata, 2017)– apunta que el origen de “las cosas horribles” que nos pasan es, precisamente, que “preferimos no saber”, que negamos aquello que consideramos incómodo para, de esta manera, no actuar, ni tampoco involucrarnos, aunque esta actitud pasiva pueda precipitarnos a situaciones dramáticas. Saravia critica también esa indolencia: “La verdad se oía en cada foto pero el silencio seguía siéndolo todo” (de El síntoma), “Los contenedores jamás han vivido una paz tan duradera/en época de hambre y disimulo” (de VII). Echo en falta en esta sección del libro –de carácter social y de compromiso civil– algo más de desarrollo. Un ejemplo: en El síntoma se habla de una enfermedad, la “falta de amor por la vida” –que yo creo que es más bien la indiferencia–, pero, ¿cuál es el riesgo que corren quienes la contraen? Quizás, si no en este poema, sí en otros, se podría haber formulado o sugerido la amenaza que pende sobre una sociedad no empática, individualista e insensible hacia las tragedias lejanas que padecen los demás.

En las dos restantes secciones del poemario Rafael Saravia introduce el tema del amor y de la plenitud de una vida que se basta a sí misma. Destaco los poemas XIII y XV (entre los que median tres poemas, por cierto: Sin cubierto, XIV y Lo habitable. ¿Por qué esa alternancia de títulos y números romanos?), del que extraigo estos hermosos versos: “Luego…/tumbarse boca arriba,/notar crecer la hierba en la espalda,/fracturar el tiempo incómodo y poder mirar,/sin más,/el calor azul de lo importante”. Ahí radica nuestro punto de inflexión, en esa vida exenta de ambiciones, pausada, como la cantaba fray Luis de León, y antes que él, Horacio.  

El firmante del prólogo es el célebre Antonio Gamoneda, con quien Saravia comparte el gusto por la imagen alucinada, la abstracción, el carácter fragmentario del texto, la yuxtaposición de emociones, la ausencia de enécdotas y cierta concepción del mundo. No es mala tradición la onírica para adentrarnos en las convulsiones de nuestro tiempo. Julieta Valero, Antonio Lucas o Ana Gorría –por citar sólo unos nombres– también crean sus obras desde sus postulados. Pero de entre todos, puede que Rafael Saravia sea el más evocador y delicado: “Todos los días eran invierno./Eran calor forzado y lanas imborrables,/Todas las tardes eran el peso que justifica la vida./Las campanas nacían discretas,/su ego se repartía en el silencio blanco./El hielo aterido de sí mismo./Lo triste sembrado con la ternura momentánea de los geranios secos/y apenas una mujer rompiendo la mansedumbre del gris” (del mejor poema del libro, Lo habitable). 

La cubierta, editores de Bartleby, preciosa.


martes, 7 de noviembre de 2017

Koundara



En la revista Oculta Lit publico la reseña del último libro del escritor David Pérez Vega, Koundara (Baile del Sol, 2016), una colección de siete relatos donde el autor proyecta su aguda mirada generacional.

La tenéis aquí.


 

sábado, 28 de octubre de 2017

Acto de clausura del centenario de Gloria Fuertes


 
* 15 de noviembre. Acto de clausura del centenario de Gloria Fuertes, en el auditorio de Centro-Centro, de Cibeles. De 19:00 a 21:00.

Intervienen: Ángel Petisme, Ariadna G. García, Raquel Lanseros, Eva Latonda, Ion Andión, Jesús Urceloy, Luz Pichel, Ana Martín Puigpelat... entre otros. 

Nos vemos allí. 

Un abrazo.




lunes, 23 de octubre de 2017

Antologías poéticas hispanoamericanas




Mi segundo artículo para la revista Oculta Lit analiza un par de libros de reciente publicación en nuetro país: Vientos alisios. Poesía puertorriqueña 2000-2017 (Polibea, 2017) y Queda la palabra Yo. Antología de poetas colombianas actuales (eMe, 2017).

Podéis leerlo pinchando aquí.


viernes, 20 de octubre de 2017

Si quieres, puedes quedarte aquí

Si quieres, puedes quedarte aquí. Txani Rodríguez. Tres Hermanas. 195 páginas. 12 euros. 2016.


Al XLVII "Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro" se presentaron 205 obras. Unos días antes de su fallo, se dieron a conocer los nueve manuscritos seleccionados para la fase final del premio, uno se llamaba El paso canadiense. No ganó. El jurado, presidido por Marta Sanz, se decantó por Los nombres, del escritor venezolano Fedosy Santaella. Ya puede ser una buena novela, sí, porque aquella otra que hubo de conformarse con el grado de finalista es espléndida. Lo sé porque la editorial Tres Hermanas tuvo el acierto de editar el manuscrito en septiembre de 2016, cuatro meses después de que el destino apartase a su autora, Txani Rodríguez, del galardón.

El libro se publicó con el título Si quieres, puedes quedarte aquí. Una opción mucho más acertada que la previa, por lo sugerente. La historia que narra es esta: una mujer se traslada a vivir a la montaña, animada por el hombre con el que mantenía una deteriorada relación de pareja. Él carga con los gastos y le asigna una manutención. El objetivo consiste en que Andrea, que así se llama la protagonista, valore lo que tiene (un novio, un piso en Bilbao, una garantía de supervivencia) para no destruirlo. Según avanza el relato vamos descubriendo las grietas, los socavones, que ella fue abriendo en la convivencia. Y hasta pensamos que un tiempo en una cabaña rodeada de bosques, al cuidado de un rebaño de ovejas, puede resultarle una terapia efectiva para conocerse y enmendarse. Pero claro, Andrea sólo constituye una cara de la moneda. El reverso, Gonzalo, no es mucho mejor. La trama sentimental viene acompañada por un segundo hilo argumental: en el pueblo próximo al complejo de cabañas (en realidad, un conjunto de casas de aperos remodeladas por Otermin) donde reside Andrea, existe una Asociación de Viudas liderada por Rosario, una mujer mayor que acaba intimando con la protagonista. Entre compras y elaboraciones de platos para las asociadas, se van revelando secretos y confidencias. Las separa la edad, pero las une la misma falta de arraigo, una idéntica sensación de abandono y la carencia de metas. La tercera pata de la mesa la representa Otermin. El dueño de las tierras ha creado un negocio al margen de la ley: el alquiler de casas de aperos (reconvertidas en confortables cabañas) con fines terapéuticos (en lugar de agrícolas). El rústico hombretón también se transfigura con la llegada a sus posesiones del resto de inquilinos, hombres y mujeres amantes de la comida sana, del recogimiento y de la meditación en grupo. La cuarta pata de la narración descansa en Aleksei, el técnico ruso que mantiene el complejo en perfecto estado. 

Txani Rodríguez sostiene con estas cuatro patas un relato intrigante, muy bien armado, de una gran belleza formal, y a la vez crudísimo. Su historia nos habla de la solidaridad para sobrevivir en un entorno adverso, pero también de las hostilidades que surgen de improviso. El final es brillante. Desasosegante. Pocas veces una última página se te queda grabada en la memoria, como ocurre aquí.       


sábado, 7 de octubre de 2017

De soledad, amor, silencio y muerte



Amigos, tras colaborar durante diez años en La Tormenta en un Vaso, blog de referencia dentro del mundo de la crítica literaria, comienzo una nueva etapa como reseñista en la revista de literatura Oculta Lit, dirigida por el poeta y novelista Diego Álvarez Miguel.

Os dejo mi primer artículo, dedicado a la poesía reunida del poeta granadino Pablo del Águila: De soledad, amor, silencio y muerte, editada por Bartleby hace unos meses.

En dicho texto, además, realizo un completo repaso de la lírica española de los años 60, relacionándola con el resto de géneros y su contexto histórico.

Aquí tienen el link:






viernes, 22 de septiembre de 2017

Prólogo de Jamila Medina Ríos a mi poemario Línea de flotación

Ariadna: Una barcaza de lianas para abrazar el horizonte

  
     Zarpar con Ariadna G. García es entrar de cabeza en la obra viva. Vida-puertas y ventanas, vida-llave de los imposibles, vida-mar abierto azul hortensia. Pilotean ella y Ruth, madres bienaventureras de una pareja de niños (Kai y Leia), esquejes crecidos del milagroso encuentro de dos galaxias (esas y yo injertadas entre siete millardos de seres)… Surca, transita su tripulación al ritmo del ronroneo de un gato que sabe por negro, por viejo y por Argos, que el mapa se va viendo en el camino, y que siempre que llueve escampa. El timón de la nave es una “Rueda” dispuesta a todos los destinos… No vienen a colonizar ni a hacer turismo, sino a reconocer su era terrestre; a aprender la “(E)lección” de ir haciéndose una “identidad” propia, proteica, flexible. Su divisa: Bojéate a ti mismo.
      Así, la embarcación navega: a ratos, ligera y a ratos, carenada por la obra muerta. Afincada, justamente, en la Línea de flotación, como en una tabla de surf, la voz busca atisbar (acompañada de sus lectores) lo que hay “Sobre” y (de)”Bajo” de los mundos que nos amparan. De “lo corpóreo” a “lo etéreo”; del verso al púlpito por derechos humanos sin sexo, nacionalidad o color; del insomnio a los sueños ¿insondables? como el mar, el amor y los espejos…, se abisma y emerge, para adentrarse en sí/ en el universo, cada vez con más brío. Manojo de correspondencia(s), estos “Sobre”(s) (a)parecen remitidos, primeramente, a los hijos, aunque también a la Tierra y a la mujer que ama. Una viveza (propia de esa Sor Juana pura voluntad, cuyas vida y obra Ariadna conoce al dedillo) palpita en el corpus y en el cuerpo que lo anima; los recorre un ansia por comunicarse y comunicar lo que padece(mos); de ahí que Ariadna se extienda como una enredadera, y que el llamado vegetal de sus “lianas” quiera abrazar a sus futuros interlocutores. Porque si bien la tripulación de este barco es su pequeña familia, si la historia que se trasluce es íntima…, lo testimoniado converge con una preocupación humanística (política, a la usanza griega) de ciudadana atenta a los desmanes de nuestro impacto en el medio.
     En consonancia con ese aler/ntar de los espíritus, la asisten sencillez y brevedad, ironía, anáforas y enumeraciones vertidas en formas estróficas sucintas como el epigrama y el haiku, junto a variaciones más heterodoxas. Contrasta la propuesta de quebrar tanto hipócrita esquema (genérico, moral, social…) con la diafanidad de las imágenes y la delicadeza de la disposición de los versos, incluso al adentrarse en temas de curso difícil: del acecho de la muerte a la caducidad. Como la rueda que timonea o el mar que la acoge entre sus escamas vivas, la poeta no desecha ninguna carta de navegación; ¿o no es verdad, según dijera Francisco de Osuna, que el ser humano es Dios? Ariadna G. García no cree en muros, que a fin de cuentas sabe hechos de agua y tierra, elementos naturales de necesaria bondad. Mas, ni el coraje ni la felicidad la ciegan. Palpa adolorida la inversión de los “Valores de Occidente”, el agotamiento de la “Tabla periódica”, la “Paradoja” de los discursos en defensa del otro… y trata de enderezar su “Travesía” en el temporal, al abrigo de acompañantes que la inspiran a escalar “montañas”, a restañar los “arañazos” que “parte[n] en dos el bosque”... 
La poeta y ensayista cubana Jamila Medina Ríos
     Engendrar impulsa a repasar sueños y vida, replantearse metas, soltar lastre y querer alzar de nuevo las vigas del cosmos. No extrañe, pues, si afirmo que Línea de flotación se alía por algún vaso sanguíneo, comunicante, con el José Martí de Ismaelillo, donde el Poeta Nacional de Cuba instaura un coloquio con el hijo, y entre juegos y arrumacos lo inicia en las auroras y los nocturnales del mundo al que se halla recién venido. Ariadna G. García, rueda de su propio destino (en la que se entrecruzan los radios de la profesora que imparte a Martí o de la ensayista que ha dialogado a fondo con la obra de Sor Juana Inés de la Cruz con el de la exploradora amante de su esposa y de catar todas las estaciones en cualquier latitud), madre desde que la conocí, pone aquí un estallido: explosión de vida que al reverso lleva su honda preocupación por las convulsas realidades que nos minan, degradando natura, ethos, poiesis… ; desprestigiando, como nos espeta, la propia vida.
     Su habilidad para captar lo doméstico y lo público, la soltura con que va del frescor de las pieles de unos bebes contemplados en sus cunas (emulando el mejor de los helados) a los vericuetos de la historia borbónica española (con sus sórdidos patíbulos al sol), tal ambición contrapuntística confirma ese rasgo de su voluntad que la hace comparable a una saltadora de altura: capaz de volar todos los setos por amor (filial, erótico, fraterno, universal, “absoluto”…). Y así también subraya su agudeza para ver en cada “Sobre” lo que hay [a]“Bajo”, o viceversa…; sopesar los paraísos del Infierno.
     Línea de flotación puede ser leído como cuaderno de bitácora. Sus páginas no dictan procederes ni rutas de navegación; empujan al viaje junto a “La compañía” idónea… A iluminar el rostro y celebrar el azote del viento en las mejillas. A acostarse sobre el mapa y ver girar con la brújula las entradas posibles al “calor de una vida”. A saborear la sal que dejan el sobresalto de la marea en boca de quienes se atreven a izarse como una vela.
     Apostada en mi nueva casa, de cara al mar, me parece verlos flotar por el Caribe, dibujando el zigzag de las Antillas (de Cuba a Puerto Rico y más allá: saltando como anguilas entre caimanes, mesándose las barbas al fresco del bonaire, saboreando el rojear de las granadas, de Sotavento a Barlovento...). Así, reinventándose banderas de señales, resemantizando todos los sistemas para fundar sus moradas, me llega el llamado de esta tripulación, y salgo a esperarla en mi ventana. Con la sonrisa y la vida abiertas de par en par…


Jamila Medina Ríos
San Lázaro y M, La Habana, marzo de 2017.  


martes, 19 de septiembre de 2017

Limbo

Limbo, Melania G. Mazzucco. Premio Elsa Morante. Traducción de Xavier González Rovira. Anagrama. 2014. 496 páginas. 22,90 euros.


En octubre de 2010 murieron cuatro soldados italianos en una emboscada en el valle de Gulistan, provincia de Farah. Los cinco militares iban a bordo de un Lince, que saltó por los aires. Su blindado formaba parte de un convoy que realizaba una misión de escolta a camiones civiles. Pertenecían al 7º regimiento Alpino (tropas de montaña). Sobrevivió un soldado, que quedó en estado muy grave. Aquel atentado conmocionó a Italia. Se alzaron voces críticas contra la presencia de su ejército en Afganistán. Que yo sepa, ha inspirado dos novelas extraordinarias a otros tantos escritores del país comunitario: El cuerpo humano, de Paolo Giordano; y Limbo, de Melania G. Mazzucco. Amba fueron publicadas en 2012.

El narrador turinés divide su obra en dos partes. “Experiencias en el desierto” aborda las pequeñas misiones y tareas encomendadas a los soldados (adiestramiento de la policía afgana, construcción de una lavandería, prácticas de tiro, limpieza de la base), nos relata los problemas y peligros a los que deben hacer frente (ataques, tormentas de arena, intoxicaciones…) y nos presenta a unos personajes creíbles, muy bien caracterizados. El miedo, la culpa, los nervios o el insomnio son algunos de los sentimientos y de las reacciones físicas que los reclutan y los oficiales padecen a diario. Entre ellos destaca el teniente Egitto –hombre al que sus compañeros consideran equilibrado y meticuloso, pero que en realidad oculta con antidepresivos un hondo desarraigo familiar–, cuyo relato autobiográfico supone una de las cimas de la novela. Además, a través de conversaciones de chat y del intercambio de e-mails, tenemos acceso a la interioridad de otros personajes y a su modo de encarar, en la distancia, sus relaciones íntimas. 
En esa convivencia, los soldados –con independencia de su graduación– se despojan de su pudor y asumen como propio el cuerpo ajeno. La desnudez, el deporte, la obsesión por el sexo y la disentería los convierte en un cuerpo indisoluble. La segunda parte del libro, “El valle de las rosas”, relata la misión de escolta que el contingente militar realiza fuera de la burbuja de seguridad de la base. La introspección psicológica y las pequeñas aventuras que forman parte de la vida ordinaria de un soldado ceden paso a un angustioso episodio de narrativa bélica, de terribles y graves consecuencias para la tropa.

La narradora romana mezcla en Limbo la emboscada que tuvo lugar en 2010 con los atentados suicidas que venían sufriendo las tropas italianas desde 2009 (desde 2003 si llevamos el escenario en Irak). Así, tenemos en el libro dos ataques distintos, y una superviviente, pero no de la columna de blindados que cruzaban el desierto, sino del atentado que tuvo lugar en una base aliada.

Limbo es una novela magnífica que alterna dos tiempos. El presente, en tercera persona, donde la mariscal Manuel Paris regresa a su pueblo para recuperarse de las heridas –físicas y emocionales– que le produjo el atentado; y el pasado, narrado por la propia protagonista a petición de su psiquiatra militar con el fin de que encar sus traumas y sanarse. Si la línea Live sigue el orden cronológico de un año; la segunda trama, Homework, supone un extenso flashback aleatorio, donde la comandante relata en desorden sus recuerdos (llegada a Afganistán, infancia, misiones, retrato de los compañeros caídos, oposiciones para entrar en la academia de Módena…), según lo necesita o va adquiriendo fuerza para hacerlo (el atentado, de hecho, no lo cuenta ella, sino la narradora).

Ambas líneas se complementan para caracterizar a Manuela Paris, para hacernos creíble el personaje, para comprenderlo. Si el atractivo de los homework descansa en las portentosas descripciones de Afganistán, o en el relato del periplo que recorrió la joven estudiante de turismo hasta lograr su sueño de ingresar en la brigada alpina; no menos interesantes son las secciones live, donde la narradora ancla al personaje en su contexto familiar, en su vida privada (aquí Mazzucco introduce un gancho sentimental que seduce a los lectores: el romance que mantienen Paris y Mattia, un hombre sin pasado que vive en el hotel frente a su casa, y cuya biografía se conoce al final, gracias a unas cartas).

Melania G. Mazzucco retoma en su novela motivos que la caracterizan: el destino aciago que zarandea a los protagonistas, el futuro abolido, personajes tensados hasta el límite de su capacidad de resistencia, la fuerza de los personajes femeninos, la defensa de ideales, la larga –e injusta– espera del regreso de la vida a su cauce (de ahí el tútulo de la obra, Limbo), el amor hacia la arquitectura italiana, o el sentimiento de rechazo que sienten aquellos que no encajan dentro de un sistema (no apto es un sintagma recurrente en sus libros). Además, como decía, simultanea tiempos, desordena la cronología, niega constantemente las expectativas de los lectores, contrapone miradas y abre planos.

Su lectura es una delicia. La traducción, muy buena. Lógicamente, en un libro de 500 páginas hay pasajes menos logrados que otros, de lectura más árida, pero Limbo tiene la virtud de llevarnos a Farah y Ladíspoli merced a su estilo minucioso, a una prosa atenta a los detalles, y a un excelente trabajo de documentación.    



lunes, 11 de septiembre de 2017

El reino de las tres lunas

 El reino de las tres lunas. Fernando J. López. Loqueleo. 144 páginas. 2016. 9´22 euros.

A una novela dirigida a lectores de doce años se le puede exigir muchas cosas: acción, sorpresa, ritmo… pero si sólo se quedase en un producto de entretenimiento, se quedaría a medias, como un cuadro sin acabar. A este tipo de obras hay que darles brochazos de ideas y, sobre todo, pinceladas de valores. Fernando J. López maneja con perfección esa mezcla de trazo grueso y fino para pintar un lienzo ambicioso –ideológicamente–. El reino de las tres lunas es un libro de búsqueda. Malkiel, el príncipe heredero, trata de encontrarse a sí mismo antes de cumplir los dieciséis años y de heredar el trono; además, persigue la respuesta que le aclare la muerte de su madre siendo un niño. En su viaje por el reino y por dentro de sí mismo le acompañan otros jóvenes de infancia no menos turbulenta. Todos han crecido a la sombra de la tiranía con que Alcestes, inquisidor general, ha manejado los hilos del reino. Y es que, debido a su presión, el rey ha ordenado la desaparición de la música y de la poesía en sus posesiones. En lugar de fantasía, campa el miedo; la imaginación ha sido desterrada por la censura. No obstante, el príncipe, sus amigas y un grupo de rebeldes trovadores tienen una semana de plazo para cambiar las cosas.

La novela, breve, parece escrita con tiralíneas. La estructura es perfecta. No faltan los enfrentamientos de emociones, los secretos, las revelaciones inesperadas, las intrigas o las amenazas. En la trastienda vemos pasajes de películas que han podido influir (desde Cómo entrenar a tu dragón a Shrek). La información se dosifica con ingenio y los diálogos son muy buenos. Quizás se echa en falta un poco más de ambientación (¿cómo es el reino?, ¿cómo son sus mercados, sus bosques?). Pero si bien es cierto que la novela pide algo más de desarrollo, también es verdad que su estilo cuidado –directo– y su ritmo trepidante –ya sea por la colisión de caracteres o por la sucesión de aventuras– son dos fantásticos motivos para leerla. De hecho, es muy recomendable en los tiempos que corren. Fernando, además de novelista y dramaturgo, es profesor de secundaria y sabe qué tuercas apretar para que se ponga en funcionamiento la capacidad crítica de los estudiantes, esas niñas y niños que en breve serán las mujeres y hombres del futuro.

En definitiva, El reino de las tres lunas es un canto al poder del arte y a su función social (“necesitamos que la gente sepa lo que está pasando”), encarnado en un grupo de proscritos muy necesarios hoy (“Cantemos y salgamos de esta cárcel convertidos en lo que somos: poetas”).  


Podéis leer aquí mi reseña de su última novela juvenil, Los nombres del fuego: 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Eres como eres


Eres como eres, Melania G. Mazzucco. Traducción de Xavier González Rovira. Anagrama. 228 páginas. 17,90 euros.


Una de las cosas con las que más disfrutamos los críticos literarios es con la oportunidad que tenemos de dar a conocer, de visibilizar, a autores y obras que, por unas razones u otras, no han tenido la difusión que merecen en nuestro país. Y en un momento literario en que abundan las novelas bien escritas pero insulsas, incluso bien estructuradas pero que carecen de alma, de corazón, de vísceras, esta ocasión de hablar por extenso de un libro que ha pasado de puntillas por los escaparates de nuestras librerías se convierte en un acto de reivindicación de una narrativa que recupere el gusto por contar historias, por construir personajes redondos, por defender valores, por hacernos cuestionar nuestro mundo y por criticar las costumbres nocivas. Porque la literatura, entre otros fines, sirve para eso: para mejorar la convivencia cuando está minada por los prejuicios, para exportar modelos con los que nos recozcamos, para proponer soluciones que nos permitan avanzar en la dirección correcta. Todo esto lo encontramos en Eres como eres, la última novela de una escritora italiana comprometida con su país, con su tiempo, y que posee unas dotes narrativas que la convierten en una autora excepcional.

Eres como eres está protagonizada por dos personajes extraordinariamente bien descritos y definidos, en las antípodas el uno del otro. Eva y Giose. Hija y padre. Ella es una cría de doce años a la que el destino primero (el accidente en moto de su padre biológico, Christian), y la familia después (los abuelos y el tío genéticos) arrancan de una vida sustentada en el amor de sus dos padres, en la libertad para desenvolverse por el mundo, o en el apego a la cultura como fuente de aprendizaje y de satisfacción. Él, por su parte, es un hombre maduro de sesenta y dos años, cuya vida carece de sentido muerta su pareja y alejado –contra su voluntad– de su hija. Y eso que Giose se había reinventado a sí mismo gracias a la paternidad. 
Compositor y cantante pop de éxito en los años 80, Yuma pasó de estrella juvenil –desafiante, rebelde y provocador– a músico maldito y acabado que vivió de sus antiguos temas hasta que el eco de lo que fue se extinguió y dejó de escucharse. El entusiasmo de su marido (un joven profesor universitario experto en las biografías de Jesucristo y Dyonius Exiguus –el monje que determinó nuestro actual calendario–) por compartir con él una familia y el nacimiento de la hija de ambos reconvertirían a Giose en un amantísimo padre entregado a su retoña, así como lo proveerían de la seguridad y confianza que la música le había negado. La muerte inesperada de Christian deja a los dos personajes, Giose y Eva, indefensos ante los mismos problemas: ambos pasan sus días sin amor, ambos se sienten culpables por no haber impedido que los separasen las leyes italianas y el fundamentalismo católico, ambos viven en una realidad mental paralela donde pasan las horas pensando el uno en el otro, sin que a nadie le importe ni lo repare. Esta historia sobre el amor, sobre lo que significa tener hijos, sobre las segundas oportunidades, sobre el azar, Melannia G. Mazzucco nos la narra in medias res, a partir del momento en que Eva decide tomar las riendas de su vida y escaparse de casa para buscar a su padre, retirado a un pueblo de montaña. A golpe de flash backs la escritora nos va informando de los antecedentes: quiénes son Giose y Christian, cómo es la familia de éste (adinerada, hipócrita, homófoba pese a las apariencias que hacían suponer lo contrario; y es que, no en vano, los Gagliardi pertenían a la diplomacia o eran directivos de bancos o dueños de importantes industrias), cuándo se conoció la pareja, de qué manera decidieron tener descendencia, cómo lo consiguieron… Estas analepsis, no obstante, no siguen un orden cronológico. Mazzucco nos narra lo que le apetece cuando le viene bien, nos deja con la intriga, responde a los preguntas que nos vamos haciendo cuando notamos que hay cosas que no sabemos. Tranquilos, parece que nos dice, ahora viene cuando os cuento lo que estáis esperando.

Esta escritora bucea hasta las simas de cada personaje. Sus descripciones psicológicas y físicas son detalladas. Nos pinta una Italia zarandeada por la crisis económica y por la intransigencia de sus élites; un país que, pese a lo obsoleto de su legislación, está cambiando en materia social, se esfuerza por romper el cascarón de la intolerancia y del conservadurismo, para acercarse al resto de Europa y convertirse de facto –y no sólo de palabra– en un verdadero estado democrático.

Eres como eres sorprende no tanto porque trate el tema de la –dificultosa– búsqueda de descendencia de una pareja que no puede concebirla, sino por la fantástica construcción de cada personaje (principales y secundarios) y por la lupa que posa sobre el mapa de su país para mostrarnos qué fuerzas lo gobiernan. La novela trona contra la injusticia que supone separar a un padre de su hija, y viceversa. Pero también es un canto a la conquista de la propia identidad y a lucha por aquello que se ama. En ese sentido, Eva sostiene a Giose, y no al revés.

Tras esta novela sólo cabe leer las siguientes de su autora. Sobre la mesa ya me espera Limbo. Melania G. Mazzucco es una de las grandes. Una voz que tiene mucho –y bueno– que decir.  


viernes, 1 de septiembre de 2017

La célula de oro

 La célula de oro, Sharon Olds. Traducción y prólogo de Óscar Curieses. Barttleby, 2017. 236 páginas. 16 euros.


Tenemos la suerte de que en el último año se hayan publicado en España las obras –espléndidamente traducidas– de tres poetas estadounidenses que todo buen lector disfrutará. Me refiero a Elizabeth Bishop (Poesía Completa 1. Poesía, Vaso Roto, 2016): dueña de un estilo rocoso, hermético, poco dado a la emotividad, con en el que realiza espléndidas descripciones del paisaje desolado de Nueva Escocia (Canadá); Mary Oliver (Felicity, Valparaíso, 2016): poeta veterana, que a sus ochenta años posee una voz fresca y rebelde que rezuma vitalidad a espuertas y un radiante optimismo; y, finalmente, Sharon Olds (La célula de oro, Barttleby, 2017): cuya personalidad poética se encuentra en las antípodas de las dos anteriores. Sus versos son exhibicionistas, están manchados de vida, supuran dolor, nos muestran el reverso de la gente, sus vísceras, nombra lo que nos hace vulnerables y aquello que nos rompe.

La célula de oro se divide en cuatro secciones. La primera constituye una agria mirada sobre la realidad circundante: intentos de suicidios, la desigualdad social por motivos raciales, el hambre que conduce al robo y a la sangrienta justicia vecinal, violaciones y asesinatos de niñas.

La segunda, sin lugar a dudas, es la mejor del conjunto. Olds, como adelantaba, se pone del revés y nos revela sus costuras, su amasijo de huesos y sangre, su pulpa. Los poemas de esta sección ahondan en su malograda vida familiar. Los versos hierven, alertan como señalan luminosas, describen con crudeza estados de ánimo desoladores. Sobresalen “Vuelo a mayo de 1937”, dedicado a sus padres, a punto de casarse (“Quiero alcanzarlos y decirles Parad,/ no lo hagáis…vas a hacer cosas que no podéis imaginar que haríais/…/vais a sufrir de maneras completamente desconocidas,/ vais a querer morir” pág. 57); “Saturno”, desasosegador alegato hiperbólico (con alusión mitológica al padre de Zeus) contra la violencia ejercida por su progenitor (“Tomó/ la cabeza de mi hermano en los labios/ y la arrancó como una cereza de su tallo” pág. 61); “¿Y si Dios?”, donde narra las veces que su madre rezaba quejumbrosa junto a ella, ya acostada, “agrietando mi naturaleza”; “La comida”, nuevo texto a la madre, mujer de existencia malograda, sin apego a la vida e incapacitada para la ternura; “El vestido”, que nos habla de la necesitad de creer que nos aman, y de la arbitrariedad de los símbolos; o “Después de 37 años mi madre se disculpa por mi niñez”, cuyos versos descarnados nos conmocionan por su crudeza (“tu cuerpo viejo/ y suave caído sobre mí con horror,/ te estreché en mis brazos, dije Todo está bien” pág. 115).  


La tercera sección se centra en el sexo, y supone una bajada de la intensidad y de la altura literaria con respecto a la anterior. Sin embargo, el libro cobra bríos y remonta el vuelo en su desenlace. Esta cuarta rememora la vida de sus hijos desde el parto (“los brazos/encogidos como las patas rosadas de un cangrejo”) hasta su adolescencia, pasando por los sobresaltos y angustias que experimenta cualquier madre, pese a lo avezada, ya sea por la herida de un hijo, por una repentina enfermedad o porque ve peligros y emenazas en cualquier parte (“me falta tiempo para llegar a su lado”).

Sharon Olds es una escritora dura, nada complaciente. No aborda un tema desde el lado de la luz, sino desde la sombra. Tampoco da un respiro a sus lectores. Sus símiles, que construye con habilidad e ingenio, siempre crean analogías violentas, como si el mundo no diera para otra cosa, como si los humanos no fuéramos capaces de mucho más, y sólo nos definiera nuestra capacidad de destrucción (“cordones como un conjunto de cicatrices bien estudiadas”, “los baldosines rojos brillando como placas de sangre”,”trituraba los huesos como blandos caparazones de cangrejo”, “los iris embarrados como la corteza de un volcán”, ella “una barrita de mantequilla ante el rallador de acero manchado y agrio de él”…

La cédula de oro sobrecoge por sus temas y por su estilo directo, a veces lleno de quiebros, de frecuentes descripciones enumerativas y unas comparaciones tan imaginativas como crueles. Sharon Olds, un autora para leer, y si su lectura se complementa con las de Bishop y Oliver, tanto mejor: se niegan, se discuten.



jueves, 31 de agosto de 2017

Reseñas de literatura infanto-juvenil




En estos díez años he reseñado, fundamentalmente, novelas y poemarios para lectores adultos. No obstante, también he preparado reseñas de algunos libros dirigidos -en principio, y nunca de un modo excluyente- al público juvenil e infantil. Son estas que siguen:


Novela 13-15 años

* Flores de sombra, Sofía Rhei. Alfaguara. 2010. Aquí.
* Los nombres del fuego, Fernando J. López. Loqueleo. 2016. Aquí.
* La partitura, Mónica Rodríguez. Edelvives. 2017. Aquí.
* Estos días azules, este sol de la infancia, Marcos Calveiro. Edelvives. 2017. Aquí.


Cuento 6 años

* Con Tango son tres, Justin Richardson y Peter Parnell. Ilustraciones de Henry Cole. Kalandraka. 2016. Aquí.


martes, 29 de agosto de 2017

Reseñas nórdicas



En estos diez años he publicado varias reseñas de libros escritos por autores nórdicos, e incluso he preparado un artículo sobre el cineasta más popular de Finlandia. Os dejo los artículos aquí debajo:

Novela

* El año de la liebre, Arto Paasilinna. Anagrama. 2012. FINLANDIA. Aquí.
* Vatanescu y la liebre, Tuomas Kyrö. Alfaguara. 2014. FINLANDIA. Aquí.
* La verdad, Riika Pulkkinen. Salamandra. 2012. FINLANDIA. Aquí.
* Purga (2010) y Cuando las palomas cayeron del cielo (2013), Sofi Oksanen. Salamandra.   FINLANDIA. Aquí.
* El salón rojo, August Strindberg. Acantilado. 2012. SUECIA. Aquí.
* Tu amor es infinito, Maria Peura. Sexto Piso. 2016. FINLANDIA. Aquí.
* Rosa cándida, Augur Ava Ólafsdóttir. Alfaguara. 2011. ISLANDIA. Aquí

Poesía

* El cielo a medio hacer, Tomas Tranströmer. Nórdica. 2010. SUECIA. Aquí.
* Alfabeto, Inger Christensen. Sexto Piso. 2015. DINAMARCA. Aquí.

Cine

* Le Havre, Aki Kaurismäki. 2010. FINLANDIA. Aquí.


jueves, 20 de julio de 2017

Cuestión de tiempo

Cuestión de tiempo, Francisco Díaz de Castro. Renacimiento. 160 páginas. 2017. 17,90 euros.

A un escritor, como a cualquier artista, sólo se le puede exigir que sea honesto, que vuelque en su trabajo lo mejor de sí mismo, la suma de sus experiencias y sentimientos, que aborde los asuntos que le duelan, que no mire el saldo de su cuenta corriente sino que se asome al abismo de su mundo interior, que no haga concesiones al mercado ni a su tiranía de intereses y modas, sino que, por el contrario, escuche la cadencia de su propio pulso. Esta honestidad la encontramos en el poeta Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947), cuya obra completa, Cuestión de tiempo, acaba de salir en Renacimiento. Las claves de su estilo son el carácter elegiaco de sus versos, que retoman tópicos clásicos de la poesía moral romana: el tempus fugit, la muerte o el amor perecedero; el tono meditativo, casi siempre conducido por silvas de verso blanco; el lenguaje coloquial, cercano a los lectores; y el predominio de un campo semántico marítimo, ya posea un valor simbólico o referencial. El volumen recoge una obra creada a lo largo de veinticinco años, como poco, una obra en la que resuenan los ecos de Garcilaso de la Vega y Francisco de Quevedo junto a los de Francisco Brines y Carlos Marzal. No en vano, Díaz de Castro es un gran conocedor tanto de la lírica aúrea como de la contemporánea, a la que ha dedicado páginas imprescindibles en multitud de ensayos, así como en el suplemento El Cultural.


Os dejo aquí el poema:


LAS MUCHACHAS
  
Sentado en la terraza de la playa
atardecido ya, contemplo
a dos muchachas que se besan
con malicia en los labios, recreándose
como brisa de julio,
entre bromas y risas por la clara
provocación que brindan.

Contrasta la alegría de esos ojos,
de esos cuerpos ligeros tendidos en la arena
que enredan el deseo en sus cinturas
y que juegan o no
a gozar del impulso que las tensa,
con la adusta mirada de los veraneantes,
con alguna protesta que se alza.

Veraneantes.
Han tolerado gritos, balonazos,
torpes surfistas contumaces,
motos acuáticas,
perros que se sacuden en la arena,
canciones del verano durante todo el día.
Han leído la prensa imperturbables,
bajo un sol de injusticia o a la sombra,
pero se les abronca el ánimo
porque dos muchachitas en top-less
celebran la existencia.

Al cabo de un buen rato las dos adolescentes,
con sus bikinis húmedos
se alejan de la mano,
de  espaldas a la tarde declinante,
hacia unas rocas solitarias
que el crepúsculo incendia.


(Del libro La canción del presente, 1999)


martes, 11 de julio de 2017

Transcrepuscular

Transcrepuscular. Emilio Bueso. Gigamesh. 278 páginas. 2017. Edición Oro, 42 euros; plata, 32 euros.  


“Soy un explorador, un descubridor. Sólo me interesa cómo se puede llegar más lejos”. Este que habla es uno de los personajes de la última novela de Emilio Bueso. A renglón seguido, rechaza el camino de retorno al hogar, mero trámite fácil y aburrido. A él le gusta el riesgo. “Es territorio desconocido ¾prosigue más adelante¾, pero se puede recorrer”. Esta actitud ante el trabajo la comparten criatura y creador. Un explorador acreditado y célebre. Un ingeniero de sistemas que de un tiempo a esta parte se ha convertido en el escritor más original que tenemos aquí. Hace ya seis años que preparé la reseña del magnífico Diástole (Salto de Página, 2011), a la que siguió la de una novela de culto: Cenital (Salto de Página, 2012), y después las de Esta noche arderá el cielo (Salto de Página, 2013) y Extraños eones (Valdemar, 2014). Ya desde el principio barruntaba que el novelista castellonés seduciría a los lectores gracias a su imaginación y a la fuerza de su estilo, hiptónico, a base de tropos. Y Alejo Cuervo, como antes Pablo Mazo, ha sucumbido a su talento. A lo grande. Edición especial, gamas Oro y Plata, para coleccionistas. Hasta El País de las Tentaciones le ha dedicado un monográfico. El chico lo merece. Emilio Bueso lleva una década (desde que en 2007 publicase Noche cerrada, en Verbigracia) aportando novedades a nuestra narrativa, huyendo de la zona de confort donde se repiten otros, indagando y buscando nuevos caminos por los que transitar. Su última novela forma parte de una trilogía: Los ojos bizcos del sol. Se trata de su proyecto más ambicioso. En él, Bueso ha creado un mundo. Casi nada. Si en sus obras anteriores nos mandaba de visita a bosques boreales en la taiga canadiense, a puertos pirenaicos, a ecoaldeas aisladas de la civilización o al desierto cairota, ahora nos conduce a un planetoide cuyo eje no rota. El escenario que nos pinta vuelve a ser inhabitable, inabarcable –marcas de la casa–, pero en esta ocasión se lo ha sacado de la manga. El planetoide, que no rota, está acoplado a su estrella en órbita de marea. Como resultado, presenta tres ubicaciones: la cara abrasada por el astro (El Desierto del Mediodía), la cara oculta (el Abismo del Mundo) y el único espacio que alberga vida: la frontera, el Círculo Transcrepuscular, donde comienza la historia. La aventura. 


Todo empieza con un robo en una ciudad estado. A la zaga de los ladrones, emprenden un viaje al Polo Negro y los confines del mundo conocido el Alguacil, la Regidora y el Astrólogo. Van buscando un cristal a lomos de sus monturas: una libélula, una avispa y un tábano. Pero el libro es mucho más. Narrada en primera persona por el primer personaje –un monje guerrero criado en un templo milenario, hierático y prudente–, la narración –necesariamente contenida, alejada del lirismo característico del autor– nos descubre formas de vida insólitas y parajes sobrecogedores. Y eso que estamos en el Ecuador, camino del “infierno helado”. Bueso nos habla de criaturas emsambladas por simbiosis, de hombres y mujeres –anfitriones– que albergan toda clase de huéspedes (babosas de combate que marcan en el hombro de los soldados amenazas, peligros y estrategias a seguir, cuando no suministran drogas para mejorar el rendimiento en la lucha; caracoles telépatas que manipulan a su transporte humano; apéndices no encefálicos diestros en el manejo de las armas y en el pilotaje de insectos…). También de accidentes geográficos imposibles: criovolcanes que expulsan hielo, torretenteras de deshielo gigantescas, montañas de hierro. Animales antiguos controlados simbióticamente: orugas de arrastre, serpientes de monta, ácaros taladradores, biostelescopios. Y toda suerte de asentamientos humanos: ciudades estado con ordención municipal, levantadas en círculos concéntricos, con vida subterránea y espacio aéreo protegido por arqueros; refugios de tormenta donde se protegen del hielo los bandidos y parias; campamentos de pueblos mineros o templos de adistramiento en el arte marcial. En este mundo convergen las vidas de varios personajes (a los mencionados se suman el Explorador, el “trapo”, un salteador y una minera nativa), que acaban conformando una variopinta colección de “descastados”, gentes sin ciudadanía o a punto de perderla, de proscritos de nacimiento o por coyunturas, de humanos y de seres bien distintos que habrán de colaborar para sobrevivir. 
Cada uno representa una manera diferente de ser y de estar en el mundo: animistas, bandidos, brujos, samuráis, cartógrafos, obreras de la mina. No faltan en la novela la acción, la aventura y el humor. Futurista y épica, de estilo magro (escasa retórica) Transcrepuscular ha puesto en marcha todo un planetoide para nosotros. Y nos ha dejado con ganas de más. Quienes aún no hayan llamado a montura para cabalgar a lomos de este libro ya están tardando. Acaba de salir en e-book, pero la edición en papel se agota. 

 Esta reseña ha sido publicada por La Tormenta en un Vaso. Original, aquí.



        

lunes, 3 de julio de 2017

Línea de flotación, en El Ojo Crítico (RNE)



Os dejo el podcast de la entrevista que me ha realizado esta tarde Juan Carlos Morales en el prograna El Ojo Crítico (RNE), a propósito de mi nuevo poemario: Línea de flotación (Ediciones Aguadulce, Bayamón, Puerto Rico, 2017).


Saludos.

 

sábado, 1 de julio de 2017

No lugar

No lugar. Cindy Jiménez-Vera. Ediciones Aguadulce. 2017. Bayamón. Puerto Rico. 9 euros. 10 dólares. 71 páginas.
  
 
En apenas un lustro, la poeta, editora, antóloga, bibliotecaria y profesora puertorriqueña Cindy Jiménez-Vera ha publicado cuatro libros de poemas (alguno “mutante”, según David Caleb): Tegucigalpa (Aguadulce 2012, Erizo Editorial 2013), 400 nuevos soles (Aguadulce 2013, Atarraya Cartonera, 2014), Islandia (EDP University, 2015) y No lugar (Aguadulce, 2017). Todos comparten un fondo social, un compromiso civil que traspasa las fronteras nacionales, que ejercita la elastiscidad del músculo empático, que sale de su zona de confort (por humilde que sea) para denunciar las taras del mundo. Sus dos últimas obras, además, hibridan este talante crítico con el tono elegiaco. Lucha y pérdida, futuro y pasado, vertebran estos libros, dejando un tablero ajedrezado donde el negro presagia al blanco, la claridad a la sombra, las fuerzas que nos hunden a las que nos levantan. Ajedrez. Combate de emociones. Suma de contrarios sobre la que la autora hace equilibrios para no caer.

No lugar nos habla de un tránsito, en un doble sentido. La protagonista lírica del texto ha dejado de habitar su ciudad, el espacio que la protegía. Perdida la ciudadanía, habita en los márgenes del mundo, al raso, sacudida por la intemperie de saberse sola y sin vínculos emocionales con el resto de la humanidad. Pero también nos habla de un tránsito en clave paulina: Cindy dialoga con la Epístola de San Pablo a los corintios: nuestra vida es prestada, estamos de paso. El hombre es un homo viator, un peregrino que no debe poner sus ojos en los bienes –caducos y perecederos– del mundo. Este doble tránsito: el destierro a la periferia y el viaje por lo efímero, tienen un mismo origen, la muerte de la Madre. Junto a los poemas íntimos que abordan este tema, la autora introduce la mirada exterior de la que hablábamos. Del epicentro, enclavado en la isla antillana (denuncia de los desahucios, de los recortes en Educación y en Sanidad, de la precariedad laboral, de la crisis energética que sume a Puerto Rico en la más absoluta oscuridad…), la denuncia se expande en ondas concéntricas hasta llegar a Siria (asesinato de homosexuales en Palmira, precioso poema –por cierto– escrito en Colombia allá por 2015).

No lugar insiste en los rasgos característicos de la poética de Cindy Jiménez-Vera: ironía, chanza, culturalismo, lenguaje coloquial, compromiso, conciencia crítica y hondura, que la emparentan con su admirada Gloria Fuertes; poeta nacida no muy lejos de aquí, y que celebra los versos de la puertorriqueña en las tascas del cielo.  


Con esta reseña presenté el nuevo poemario de la autora en la librería La Sombra (Madrid, España) el pasado lunes 26 de junio de 2017.