martes, 20 de febrero de 2018

Ishiguro: discurso de recogida del Nobel

Amigos:

Os dejo en este link el estupendo discurso que Kazuo Ishiguro leyó en la entrega del Premio Nobel de Literatura, el pasado 7 de diciembre. En mi reseña de El gigante enterrado (aquí), publicada en febrero de 2017, reclamaba el prestigioso galardón para él, autor al que admiro desde hace una década. Es uno de los grandes. Y, sin duda, el novelista con el que más conecto. En la conferencia ofrece claves para comprender tanto comienzos como su ulterior evolución narrativa. Disfrutadla.

https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20171207/lectura-nobel-literatura-texto-integro-kazuo-ishiguro-6480711


lunes, 12 de febrero de 2018

Equilibrio

 
Equilibrio, Enric López Tuset. Polibea. 2017. 80 páginas.


Hace unos días comentaba que el futuro de la poesía pasa por denunciar los estragos del mundo en que vivimos, por retomar valores humanistas y por insuflar energía a los lectores. Buen ejemplo de las obras críticas con nuestro actual modelo económico e indagadoras de sus consecuencias en la ciudadanía, es el poemario Liberalismo político, de Francisco José Chamorro (Hiperión, 2017). Su jovencísimo autor describe la parálisis volutiva que sufren las mujeres y los hombres sometidos al bombardeo de la publicidad, la ilusión de libertad que nos ofrece la tecnología, el control que el sistema ejerce sobre nosotros a través de la red, la frustración constante de varias generaciones provistas de objetos de consumo, pero carentes de una espiritualidad, de un fondo afectivo cimentado sobre firmes valores (morales, estéticos) que las hagan felices. Chamorro evoca el hedonismo de nuestra sociedad y la ausencia de un conocimiento interior recurriendo a un estilo coloquial, directo y denotativo donde abundan las enumeraciones junto a los paralelismos. Frente al vacío de un personaje de vida anodina, de un consumidor nato, de un hombre volcado hacia fuera, de vida terrenal, el poeta Enric López Tuset levanta en su segundo poemario, Equilibrio (Polibea, 2017) la conciencia de un sujeto recogido en sí mismo, de honda vida espiritual. 

El poeta catalán (1987) nos hace partícipes en sus versos de un camino místico. El itinerario no admite etapas, de modo que el libro puede interpretarse como un largo poema de descenso a la interioridad. Asistimos a la celebración de un rito, a un proceso de puficación, de modo que el lenguaje se vuelve visionario, y el estilo solemne. La cadencia recuerda al ritmo de los salmos.

Ya desde el comienzo, el sujeto que habla se presenta en un entorno acuático “próximo a una desaparición con el alma aniquilada” y la “carne vacía de las resonancias del amor” (p. 17). Este aniquilamiento, al que sigue una “quietud” (p. 18), una “inmovilidad” de los “sonidos del alma” (p. 37), tiene resonancias dejadas y alumbradas. El sujeto muere a su vida sensorial, y recogido, alcanza “la plenitud”: “la inmensidad, dentro […] abro la ventana / y solo veo existencia. Delicia de mí mismo […] Nunca la noche había dejado tan obstinada armonía” (p. 18). Nos movemos en un mundo de símbolos cristianos (el agua –bautismal–, la noche –de los sentidos–) que emparenta la obra con las de Francisco de Osuna, San Juan de la Cruz o Diego de Estella. Quien enuncia ha nacido a una segunda vida trascendente (se ha convertido en un hombre nuevo); ha encontrado el “navío Absoluto”, dejando su “entendimiento descansado” (olvidado de sí) absorto en su “dicha callada” (esta paradoja recuerda a la “música callada” del Cántico espiritual, donde el santo se refiere a la armonía del universo, al equilibrio que logra el ser humano cuando se ha unido a Dios). De hecho, Estella recuerda que aquellos enajenados totalmente se traspasan en la divinidad. Y López Tuset describe que, en la “dulzura de no ser” (p. 33), alcanzado el Absoluto, “la alegría traspasa los dedos” (p. 37). Ahora bien, esa belleza que abrasa el pecho, esa dulzura del alma, el fulgor de quien ha descendido los peldaños nocturnos para sentir el gozo (guiño, en esta ocasión, a la Noche oscura, p. 43), no son eternos. La experiencia de unión (e incluso la salvación) tiene un ejército enemigo: el dolor, la angustia, los deseos. Para recuperar la armonía, el sujeto asume un compromiso: “iré venciéndome a solas con mi alma” (p. 29). Se trata de un reto nada desdeñable. Erasmo, en el Enchiridion, reconocía la dificultad que entraña todo intento de enmienda: “No hay mayor dificultad que vencerse el hombre a sí mismo”. 

Equilibrio supone un emocionado itinerario hacia el conocimiento de uno mismo, y hacia el encuentro con el Todo (“Nos quedamos en el latido dulcísimo de Dios” p. 72). De manera que en ese corazón colmado, traspasado por la alegría, late con fuerza el amor. Así, dice el sujeto que enuncia: “Amaré hasta donde me sea posible” (de Eleison). Pero ese propósito no se circunscribe tan sólo a su entorno cercano (la esposa, el hijo, la madre, el padre o los abuelos) sino que se derrama en los demás: “Ahora somos la luz de un lugar sin retorno, prestada al amor de los otros”. (No en vano, este poema se titula Kyrie, y forma un díptico con Eleison. Juntos evocan un rito colectivo que se remonta a la antigua liturgia sirio-bizantina, de invocación y súplica de piedad.)

Libro de resonancias místicas (antiguas y modernas, recordemos a Unamuno: “Mas hay un Dios que dentro tuyo habita” y a Juan Ramón: “Lo divino está dentro”), así como de ecos alumbrados, encontramos también en sus páginas un amplio repertorio de símbolos bíblicos que dotan a la obra de una gran potencia evocadora: huerto, manzano, agua, desierto, olivo.

En un momento histórico de confusión, de tránsito y pérdida de sentido –como el que padecemos– se agradece un poemario que nos eleve por encima del consumo, que nos descienda –por medio de la introspección– a la íntima revelación de nuestro yo divino, que nos recuerde la importancia del amor (en cuanto a virtud teologal: fraterno, universal, caritativo), y que nos convoque a un proyecto común: “dejemos que la claridad se complazca / y que el corazón lata en el costado del misterio” (p. 20).

Todo un descubrimiento Enric López Tuset, y su brillante Equilibrio.

Preciosa la edición, por otra parte, de Polibea, con su magnífica ilustración de cubierta. Quién estuviera en la del barco.


Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit
    

jueves, 8 de febrero de 2018

Liberalismo político

Liberalismo político, de Francisco José Chamorro. Hiperión. XX Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal”. 2017. 76 páginas.
  

¿Qué poesía debemos crear en esta época de cambios, de transformación? Me he hecho esta pregunta muchísimas veces, y creo que no existe una sola respuesta. En anteriores periodos de crisis (económicas, políticas, sociales y de valores), los poetas que nos han precedido han optado por distintas soluciones: fustigar a los conciudadanos que no casaban con el código moral vigente (pensemos en el Rimado de Palacio, del canciller Pérez de Ayala –siglo XIV–; en el Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena –siglo XV–; y en los poemas satítico-burlescos de Francisco de Quevedo –siglo XVII–). Otros, por su parte, denunciaron con sus versos los fallos del sistema, su perversión (recordemos las odas de fray Luis de León –siglo XVI–; “El filósofo en el campo”, de Juan Meléndez Valdés –siglo XVIII–; Follas novas, de Rosalía de Castro –siglo XIX–; o Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca –siglo XX–). Por otro lado, los hubo también que trataron de insuflar energía en sus compatriotas gracias al rigor estético (decía Juan Ramón: “Eso es el Modernismo: un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza”). En fin, Dámaso Alonso comentaba que cada periodo histórico tiene la poesía que se merece, de modo que muy probablemente ya estamos creando la lírica acorde con nuestro propio tiempo, si bien es cierto que carecemos de la distancia temporal necesaria para percatarnos. En mi modesta opinión, creo que los poetas de hoy debemos conjugar la crítica y el optimismo –siempre sobre la base de una exigencia técnica–, recuperando antiguos valores (epicúreos, estoicos) y fomentando la difusión de los nuevos (feminismo y ecología).

En su primer libro de poemas, Liberalismo político, Francisco José Chamorro se suma a la nómina de autores que han criticado la alienación de los seres humanos por culpa del progreso. El sujeto que enuncia se sirve del monológo dramático –de la conciencia escindida– para relatar su vacío, para clamar contra el hastío que le invade por la falta de un proyecto que dé sentido a sus días. El tema del ennui lo emparenta con los vates malditos; el abismo que separa la apariencia de una existencia colmada con la realidad de un mundo vacuo, lo acerca a los barrocos. Y es que en el libro abundan las alusiones a marcas comerciales, bajo cuyo atractivo envoltorio se vislumbra la soledad en que viven las mujeres y los hombres contemporáneos, quienes dotados de tecnología, productos y enseres carecen de una meta inividual o colectiva, más allá del consumo. Así, reconocemos en la voz que habla a un antihéroe, a una víctima de su propia pasividad para gozar la vida. El protagonista es un individuo depresivo, alcohólico; un negado a las relaciones interpersonales cara a cara, siempre protegido tras el muro del móvil o el portátil. Su hábitat lo constituyen las tiendas y comercios de su barrio, los bares donde bebe o pone copas, una universidad que le disgusta, la industria de porcino que le ha dado un contrato, una habitación alquilada en un modesto piso compartido, y lugares de tránsito (gasolineras, estaciones, aeropuertos). Este yo se incardina en el mundo terreno, vive en una sociedad dionisiaca, ebria de deseos suscitados por la publicidad, frustrada por su sed de posesión; en cambio, carece de una espiritualidad que le revele lo sagrado. Como los personajes de La tierra baldía, de T.S. Eliot, camina por el desierto de la aspiración constante, muerto a su condición metafísica. Se trata del modelo de individuo que, a juicio de Jorge Riechmann, domina en el mundo actual: neoliberal, conformista y narcisista (¿Vivir como buenos huérfanos?, Catarara, 2017).

Con un lenguaje claro, directo, y un estilo prosaico, Francisco José Chamorro firma un libro potente, incisivo e irónico, que cuestiona los valores democráticos, como la libertad, reducida a nuestra capacidad de elección de un producto de aseo en una estantería atestada de ofertas. Liberalismo político es un buen primer libro de poemas. Habida cuenta de que el autor apenas tiene veinticuatro años, cabe esperar de él grandes logros. 


Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit. 

viernes, 26 de enero de 2018

El engaño de los días


El engaño de los días, Dionisia García. TusQuets, Barcelona, 2006. 166 páginas. 14 euros.


Una primera parte de la obra de Dionisia García (Fuenteálamo, 1929) la integran los poemarios El vaho en los espejos (1976), Antífonas (1978), Mnemosine (1981), Voz perpetua (1982), Interludio (1987), Diario abierto (1989) y Las palabras lo saben (1993), recogidos en el volumen Tiempos de cantar. Poesía 1976-1993 (1995). La segunda la constituyen los libros Lugares de paso (1999), Aun a oscuras (2001), El engaño de los días (2006), Señales (2012) y La apuesta (2016). Estos títulos, sin embargo, no han sido suficientes para que la crítica le haga un hueco en el canon. Tampoco su magisterio en poetas tan valiosos como Andrés García Cerdán (Premio “Alegría”) o Constantino Molina (Premio “Adonáis”). Y no obstante, bien merece la atención de los lectores, y sus mejores horas de la noche o del día. Ahora que cobra fuerza una literatura reivindicativa del regreso de la especie humana a la naturaleza, del desapego de los bienes mundanos, o de la búsqueda de la felicidad en las cosas simples, la obra de Dionisia late con pulso rítmico y sonoro en la carótida de Apolo. Buen ejemplo de la buena salud de que goza su obra es el poemario El engaño de los días. Libro elegiaco (“y descubro que soy de otro tiempo la sombra”), encontramos en él la conciencia del fin (“El día que supimos que era cierta la muerte/nuestros cándidos ojos cambiaron de mirada. Vivimos desde entonces con la verdad más triste”) y la aceptación serena de la caducidad (“El sol sale y se oculta entre los árboles./Vuelve el cuco y su eco persistente./Todo será lo mismo en otros años./Quien lo presencia ahora ya es olvido”). El telón que caerá, precisamente, es el detonante del canto jubiloso del sujeto que enuncia (“y celebro el aún”). Junto a la sombra crece la claridad. Así, quien habla se deleita en los placeres cotidianos (“y me llevo a la boca, con sosiego,/el crujiente espesor de una manzana”), en la climatología (“El agua sobre el rostro resbalaba/con disfrute de alivio y sensación primera”) o en el “amor pausado”. Si el tiempo se convierte en enemigo que acecha, hay que combatirlo disfrutanto el instante y amando la vida en derredor (“Me acerco más al árbol;/abrazada a su tronco/aproximo los labios/a la corteza húmeda./Con asombro percibo/que el pino se estremece”). Tal y como decía San Pablo en su Epístola a los corintios, Dionisia nos recuerda que estamos de paso y que cuanto tenemos no deja de ser un préstamo que habrá que devolver. 
El estoicismo de estas páginas resulta afín al ideario erasmista que se inyectó en la intelectualidad española del Renacimiento, en nuestros grandes autores místicos y ascetas (“No poseía nada, sólo un poco de tiempo/ni siquiera seguro”). El poemario se cierra con breves alusiones a los desaparecidos en la Guerra Civil, y con un poema dedicado a los niños que vuelan sus cometas en el Kabul sitiado. Elegiaca e hímnica, Dionisia García enfrenta a Tánatos y a Eros, evocando, tal vez, el equilibrio.





viernes, 19 de enero de 2018

Dibujar una isla

Dibujar una isla, Verónica Aranda. Reino de Cordelia. 2017. 104 páginas. 9,95 euros. XX Premio de Poesía Ciudad de Salamanca.


Si en mi reseña de Café Hafa (2012) reclamaba más atención por parte de la crítica hacia la obra de la poeta madrileña Verónica Aranda, hoy festejo que en estos últimos años se haya convertido en una voz indiscutible de la poesía actual. Desde entonces, Verónica ha sumado dos nuevos títulos a su extensa bibliografía (Épica de raíles y Dibujar una isla), así como otros tantos premios a su palmarés (Internacional Miguel Hernández y Ciudad de Salamanca). Hoy en día, además, dirige la colección de poesía latinoamericana Y toda la noche se oyeron… que edita ediciones Polibea. A colación de esto último, destaquemos también sus recientes antologías de la joven poesía colombiana (Queda la palabra Yo) y ecuatoriana (En mitad de un equinocio), preparadas en colaboración con poetas de una orilla y otra del Atlántico (Ana Martín Puigpelat y Siomara España). No en vano, Verónica se ha convertido en una excelente embajadora de la lírica hispanoamericana en nuestro país.

Viajera infatigable, la poeta nos lleva con su nuevo poemario de viaje por las islas helenas. Primero, por el archipiélago oriental (sitas en el Egeo), y más tarde, por el occidental (esparcidas por el mar Jónico). Las islas del Egeo, sobrias y austeras, nos evocan una vida sencilla agraciada por la naturaleza. Aranda nos sugiere este paisaje apelando a los sentidos (“aroma a sandía caliente”, “este viento/que recibes descalza”, “playas de tamarindos”). Santorini o Mikonos (se echa de menos Creta) evocan el reposo y la placidez de quien se desentiende de problemas y ni busca conflictos ni los provoca: “Acaso la existencia/es esta forma lenta/de bajar los peldaños/y divisar volcanes” (p. 15). En este marco, se evoca al mismo tiempo una relación amorosa que empieza a erosionarse, que, lo mismo que una hoja, nos muestra sus dos caras: luminosa y sombría (plena y distante). Las islas del Jónico se ofrecen como metáfora de la polaridad afectiva: “Toda isla es un enigma/cuando lava y espuma/se entrelazan” (p. 51). Así, erotismo y desamor se alternan en las páginas del libro. La tercera parte de la obra, “Dibujar una casa”, nos cambia de escenario. Nos habla de las dificultades, ahora, de sostener un hogar, de las contradicciones que una encuentra al comenzar una nueva –y secreta– aventura. Si la lectura es cobijo frente a la adversidad, y el sexo una manera de resguardo, pronto la soledad condena a la intemperie a la mujer que enuncia (“caen escombros/y se derrama harina de amaranto” p. 87). La prudencia y la espera, valores estoicos asociados al paisaje descrito –oriundos de Grecia–, serán los talismanes a los que se aferre en busca de equilibrio, de una paz que no alcanza. De nuevo resuena en nuestros oídos la dualidad amorosa anterior, lava y espuma chocan, contienden como hicieran durante el petrarquismo el fuego y la nieve. Verónica Aranda deja traslucir en este libro emociones inéditas: el miedo, la angustia, el desprecio o la impotencia (“Te esquivaba/e iba sumando lirios y aislamiento/en mi incapacidad/de ponerle palabras al desgaste” p. 89). 
Ha crecido como poeta. A la excelente capacidad evocadora de sus libros previos, a esa inteligente mirada que dirigía simpre hacia mundo exterior, vemos que añade ahora la hondura de su propia conciencia, que nos revela sus emociones afectivas, logrando conmovernos. Quizás sea Dibujar una isla su poemario más íntimo. Ya veremos si estrena con él un nuevo rumbo a donde encaminar sus futuros versos.
 
 
Esta reseña ha sido publicada por la revista OcultaLit. Original, aquí.
 
El poemario se presenta mañana en la librería Enclave (Madrid), a las 12:30.
 
 

jueves, 11 de enero de 2018

Cenizas en los labios



El pasado domingo, 7 de enero, se cumplió un año del fallecimiento de la poeta Angelina Gatell (1926-2017), perteneciente a la Generación del 50.

Podéis leer la reseña que preparé de su poemario Cenizas en los labios (Bartleby, 2011) en la revista Oculta Lit. Acceso: aquí.


Saludos.



lunes, 8 de enero de 2018

Orquesta revolucionaria



Un año ya sin Nacho. Al que recuerdo siempre. Al poeta. Pero sobre todo, al amigo.

 
Dejo aquí un fragmento de un correo que le escribí en noviembre de 2015, a propósito del libro en el que estaba trabajando entonces (Expansión. Retroceso, cuyo título sustituyó en mayo de 2016 por La orquesta revolucionaria), cuya publicación póstuma, en Espasa, parece que tendrá lugar mañana:
“Tu poemario sigue la deliciosa senda de Anatomía de un sueño. Has logrado dotarte de una voz delicada y poderosa a partes iguales, capaz de la alegría y de la nostalgia. Sus imágenes son yemas potentes, sus metáforas son pétalos que nos incendian la imaginación. Aquí descansa una poética original que no tiene parangón entre los demás autores, una voz personal que te diferencia e individualiza. Personalmente, siento devoción por los poemas “¿Hasta dónde volarán nuestros pájaros?”, “La sombra del cuervo”, “La nutria de los días” y “Duermevela”. Cuida y protege esta voz, querido Nacho. Que la prisa por publicar o la presión de las modas no te la arrebate. Nada más difícil que la coherencia con nuestra visión del mundo, que la fidelidad a nuestra propia esencia, y sin embargo, tú defiendes tu poética con la única arma posible: la de la calidad. Tu mirada dulce, tu compenetración con la naturaleza, tu solidaridad con los que sufren, son pasaportes hacia la permanencia. Gracias por compartir conmigo ese camino”.


No dejen de leer el poemario.